Son las once y media. Una de las dos personas se acerca un poco; la otra dice que está muerta, que mañana madruga. Las dos se dan la vuelta. Y las dos se quedan un rato despiertas pensando algo parecido, aunque desde sitios distintos: esto ya no es lo que era.
Lo primero: esto le pasa a casi todo el mundo
Que a los dos les apetezca lo mismo, a la vez y con la misma intensidad, no es lo normal. Es la excepción, y suele durar poco: los primeros meses, cuando todo es nuevo.
Cuando se ha estudiado qué predice que una pareja esté satisfecha con su vida sexual, aparece algo que sorprende: lo que más pesa no es cuántas ganas tiene cada uno, sino la diferencia entre los dos y —sobre todo— cómo la llevan (Mark, 2012).
Así que si en tu casa uno tiene más ganas que el otro, no tenéis un problema raro. Tenéis el problema más común que hay.
La diferencia de deseo no rompe parejas. Lo que rompe parejas es lo que cada uno concluye sobre ella.
Y no siempre es quien te imaginas
Hay una idea muy metida: que el que quiere es él y la que no quiere es ella.
Pasa muchas veces, sí. Pero en bastantes parejas es al revés, y eso se ha visto en los estudios (Mark y Murray, 2012). Lo que ocurre es que cuando es la mujer la que tiene más deseo, casi nunca se cuenta: da vergüenza, porque no encaja con lo que se supone.
Si estás en ese lado, no eres una excepción rarísima. Eres una de tantas que no lo dice.
En qué se convierte cuando no se habla
Aquí está lo importante. La diferencia, sola, se lleva. Lo que hace daño es la historia que cada uno se cuenta:
- · Quien tiene más ganas empieza a leerlo como rechazo. No como «hoy no», sino como «ya no le gusto», «ya no me desea». Y eso duele en un sitio que no tiene nada que ver con el sexo.
- · Quien tiene menos empieza a sentirse en deuda. Cada gesto de cariño se convierte en una pregunta, y entonces deja de poder abrazar tranquila, porque abrazar ya significa otra cosa.
- · Y aparece la rueda. Uno insiste un poco más, la otra se retira un poco más. Cuanta más presión, menos ganas; cuantas menos ganas, más presión. Los dos empujando en direcciones contrarias y los dos sintiéndose solos.
- · Al cabo de un tiempo ya nadie se acerca por si acaso. Y eso se lee como que se acabó, cuando en realidad lo que se ha acabado es la manera de acercarse.
«Es que a mí ya no me apetece nunca»
Antes de dar eso por bueno, hay una cosa que conviene saber, porque cambia mucho el cuadro.
Existen dos formas de que aparezcan las ganas. Una es la que todo el mundo conoce: te apetece de la nada, sin motivo, y entonces buscas. La otra es que las ganas aparecen después de empezar — cuando ya hay contacto, calma y tiempo (Basson, 2000).
La segunda es muy común, sobre todo en mujeres y sobre todo pasados los primeros años de una relación. Y quien la tiene suele concluir que le pasa algo, porque está esperando unas ganas que no van a venir solas.
Si esperas a que te apetezca antes de empezar, y tú funcionas de la segunda manera, la respuesta va a ser casi siempre que no. Y no porque no quieras a tu pareja.
Qué ayuda de verdad
Nada de esto va de esforzarse más ni de ponerse fechas en el calendario:
- · Habla de esto vestidos y fuera del dormitorio. En la cama, después de un no, no se puede hablar: uno está dolido y la otra a la defensiva. Se habla otro día, en la cocina, sin que nadie tenga que responder nada esa noche.
- · Separa el cariño del sexo. Si todo abrazo es una propuesta, quien tiene menos ganas deja de tocar. Recuperar el contacto que no lleva a ningún sitio es de las cosas que más desatasca.
- · Cambia la pregunta. «¿Quieres?» solo se puede responder sí o no. «¿Nos tumbamos un rato?» abre otra cosa, y deja sitio a que las ganas lleguen después.
- · Que no sea siempre todo o nada. Hay mucho terreno entre no tocarse y una relación completa. Las parejas a las que les va bien a largo plazo son las que se permiten los encuentros normalitos, no solo los memorables (Metz y McCarthy, 2007).
- · Y mirad qué hay alrededor. Cansancio, la cabeza llena de gestionarlo todo, niños pequeños, un móvil en la mano hasta las dos. El deseo es lo primero que desaparece cuando no queda nada de ti al final del día.
- · Y algo que se ve en la investigación y que suena bonito pero es muy concreto: en las parejas que aguantan bien, cada uno tiene en cuenta las ganas del otro sin dejar de escuchar las suyas — ni se sacrifica ni ignora. Ese equilibrio es lo que mantiene el deseo vivo con los años (Muise y cols., 2013).
Cuándo conviene pedir ayuda
Que haya épocas de menos ganas es normal. Estas otras cosas conviene mirarlas:
- · Lleváis meses sin hablar del tema porque cada intento acaba en discusión.
- · Uno de los dos ya no se acerca nunca, para no exponerse a otro no.
- · Hay dolor en las relaciones, o miedo a que lo haya.
- · El deseo ha desaparecido del todo, también a solas.
- · Y una que importa mucho: alguien está diciendo que sí cuando querría decir que no. Eso no arregla nada y hace daño de verdad.
Lo que se trabaja en terapia
Casi nunca es lo que la gente espera. No se trabaja «tener más ganas»: se trabaja lo que hay debajo.
Por un lado, la conversación. Poder decir que no sin que parezca un rechazo a la persona, y poder decir que se echa de menos sin que suene a reproche. Eso son límites puestos en el sitio más difícil de todos.
Por otro, lo que cada uno se ha creído: que si no hay deseo es que se acabó el amor, que hay una frecuencia normal a la que habría que llegar, que a estas alturas ya debería ser distinto. Ahí se cruza el perfeccionismo —también en esto— y la autoestima de quien lleva tiempo sintiéndose rechazada.
Y si al leer esto has pensado que lo vuestro es más específico, en la web tienes cuándo tiene sentido acudir a un sexólogo. No hace falta que la cosa esté rota para pedir cita.
Que no os apetezca lo mismo el mismo día no significa que os hayáis dejado de querer. Casi siempre significa que hace falta hablar de otra manera. 🤍
Este artículo tiene una finalidad informativa y divulgativa. No sustituye una valoración ni un tratamiento psicológico individualizado. Si estás pasando por un momento difícil, busca el apoyo de una profesional de la salud mental.
Bibliografía
- Mark, K. P. (2012). The relative impact of individual sexual desire and couple desire discrepancy on satisfaction in heterosexual couples. Sexual and Relationship Therapy, 27(2), 133–146.
- Mark, K. P. y Murray, S. H. (2012). Gender differences in desire discrepancy as a predictor of sexual desire and satisfaction in a college sample of heterosexual romantic relationships. Journal of Sex & Marital Therapy, 38(2), 198–215.
- Basson, R. (2000). The female sexual response: A different model. Journal of Sex & Marital Therapy, 26(1), 51–65.
- Muise, A., Impett, E. A., Kogan, A. y Desmarais, S. (2013). Keeping the spark alive: Being motivated to meet a partner's sexual needs sustains sexual desire in long-term romantic relationships. Social Psychological and Personality Science, 4(3), 267–273.
- Metz, M. E. y McCarthy, B. W. (2007). The "Good-Enough Sex" model for couple sexual satisfaction. Sexual and Relationship Therapy, 22(3), 351–362.
